Fluffy


Hoy entré fugazmente en una casa, y aún así, aunque fueron unos escasos minutos, lo que vi me partió el cerebro. No porque hubiera visto a un muerto. Para nada. No fue algo tan rápido. De hecho, la demolición celebral ha sido el producto de un proceso lento. Han pasado unas horas, y es ahora cuando lo proceso.
Yo estaba paseando a mi perra a primera hora de la mañana. Antes de ir a trabajar. Algo tan cotidiano como eso. Cuando de pronto mi perro, un cachorro de unos meses, se pone a vomitar un plástico verde. Nada anormal, en principio. Ni siquiera cuando, al acercarme, reconozco que se trata de la cara, o mejor dicho, del ocico de un juguete. De un bicho. Es más. De un armadillo de pocos centímetros. Entonces, mientras me voy agachando con una bolsa negra que cubre mi mano derecha a modo de guante, se me acerca una señora mayor por la espalda y me pregunta, con un tono de voz seco y desafiante: "¿qué pretendes hacer con mi Fluffy?".
Para resumir, resultó que, mientras Brenan (mi maravillosa perra) vomitaba la cabeza de un repugnante armadillo de plástico llamado Fluffy, el juguete favorito del West Highland Terrier de la señora, cuando yo ya por fin tiraba aquello a la basura y me terminaba enterando de qué se me acusaba, mi perra cagaba las patas traseras, unidas por un rabo de color rosa, que se iluminaba intermitentemente, con una luz triste y agotada.
Entonces la perra, escocida, empezó a quejarse. Y la señora, como buena dueña, nos invitó a subir a su casa para conocer un cuadro antiguo en el que prometía un retrato del siglo XVIII español, de la escuela sevillana, en el que una mujer elegantemente vestida, se balanceaba en una mecedora mientras le señalaba algo a un perro que debía ser igualito, clavadito, a mi Brenan.
Así que, de pronto, me veo entrando en un portal inmenso, subiéndome a un estrecho ascensor de madera y cristal, acostumbrado a subir y bajar unas escaleras de mármol blanco. Un espacio estrecho en el que, mientras su perro y la mía se abrazan y besan, nosotras evitamos cualquier tipo de contacto. Y para romper el hielo, digo: " Me duele un poco la cabeza". Y en ese preciso momento se abren las puertas, ella llama a un timbre enorme que quisiera ser lacado, y nos abre una mujer menuda, envuelta en un uniforme de otra época, y la mujer mayor desaparece.
Como ya he dicho antes, sólo han sido unos segundos. Por lo que se me mezclan sensaciones, y las confundo con recuerdos.
El caso es que, de pronto, me he visto en un office cercano a la cocina, con una caja grande llena de medicinas. Se me invitaba a ponerme a buscar, pero yo no podía evitar preferir mirar. Quería ver. Descubrir. Y como no me atrevía a ir más allá de lo que se me ofrecía, lanzaba rápidas ráfagas con los ojos que, luego en mi cabeza, terminaban siendo una mezcla de lo que vi, de lo que no vi, de lo que quise ver, oler, y sentir, y me asusté.
Y al salir, al sentir el sol, me di cuenta de que llevaba una caja de pastillas en la mano. Y alguien había escrito con rotulador gordo sobre el cartón: "BRONTIQUIS". Y claro.
Empecé a toser.

24 Abril 2007

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