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Día 1

Hoy en realidad no es el día 1. Para nada. Hoy no es mi primer día en paro. Exactamente llevo 109 días, acabo de contarlos. Anoche me desperté a las 2 de la mañana y en cuanto mi maquinaria mental comenzó a trabajar, a taladrarme el cerebro con todo lo que se supone que no debo pensar, me dio un ataque de angustia. No era capaz de dormir, y comencé a darle vueltas a la cabeza. Me pasa una o dos veces por semana desde hace 109 días. Paso las horas mirando el reloj, dando vueltas en la cama esperando que amanezca. A veces encendiendo el ordenador para distraerme, para no escucharme pensar. Otras, simplemente lloro y me echo la culpa de todo. Es lo que tienen las madrugadas, por lo menos las mías. Que me convierten en una tarada. Después, cuando se ha hecho de día,  me levanto, me doy un paseo con la perra, y a continuación relleno las horas como puedo, haciendo cosas que me distraigan hasta que llegue la noche. Como Tiendas de Barrio.

Así que anoche, en pleno ataque de angustia, pensé que todo podía ser aún peor. Indagué en las profundidades de mi cerebro para descubrir de qué manera, y en seguida se me ocurrió, calculando: si ya llevo más de cuatro meses en paro, ¿no tenía que haber ido ya a renovar la cartilla? El corazón me dio un vuelco, claro. Salté del sofá en busca de la carpeta en la que guardé todos los papeles la primera vez que fui a apuntarme al INEM, y allí estaba la primera fecha. Ya me veía sin un duro. Y eso que lo más desagradable de esta situación es que me empuja a pensar constantemente en el dinero. Muerta de miedo, tuve que leer los números dos veces. Primero me centré en el de en medio, el que indica el mes, y sí, era éste, octubre, el número diez. Entonces empecé a ver borroso, a marearme. A dar por hecho que ya estaba todo perdido. Pero entonces vi que la cifra anterior era un 22, y pensé: "no tengo la menor idea de qué día es hoy, pero me suena que hace muy poco ha sido 19, así que cálmate". Busqué a toda prisa un calendario. Primero abrí el del móvil, y vi que estaba a tiempo, que llegaba por los pelos, pero me costaba calmarme. Entonces me di cuenta de que, en uno más de mis desastres habituales, la última vez que actualicé la agenda del teléfono lo hice a ojo, sin asegurarme de que los días estaban bien, ya que nunca la uso. Corrí entonces al calendario que tengo colgado en la pared. Efectivamente estoy a tiempo. Pero qué desastre, es mañana, llego por los pelos. Así que pongo el despertador a las 7 de la mañana, a estas alturas ya sólo 3 horas más tarde, para estar en la puerta a las 8 y no comerme toda la cola. En lo que se me hace un rato, suena la alarma, me visto, saco a la perra, aún de noche, y me dirijo a la oficina de mi distrito. Delante de mí hay una pareja que no para de besarse. Por la conversación que mantienen, llevan muy poco tiempo juntos. Él se va a un bar y le trae a la chica un café en un vaso de plástico, y ella se lo agradece con un largo abrazo. Decido abrir mi libro para olvidarme de ellos, y enseguida la cola crece y crece. El chico que está detrás lee en un Kindley. Me entran ganas de preguntarle si es cómodo, pero no lo hago porque no tengo ganas de hablar con nadie. Me pregunto de dónde saca la gente el dinero, que como siempre, ya está otra vez en mi mente. Hace mucho frío. Se me congelan las manos al sujetar el libro, pero me da lo mismo. La hora avanza más rápido de lo habitual en estos casos, y amanece. Y, por fin, abren la puerta. Me acerco a información, le pregunto a una señora qué es lo que tengo que hacer, y al ver mi cartilla me dice que me he adelantado, que el 22 no es hoy, es mañana. Que tengo que volver, pero que no hace falta que madrugue. Que simplemente entre directamente y ella me lo sella. Y que si mañana no puedo ir, que no pasa nada porque vuelva el lunes. Le contesto que iré mañana, que no me importa, y ante su asombro salgo de allí con una enorme sonrisa de alivio.

En el camino de vuelta decido que voy a escribir en mi blog todo esto que me está pasando. Algo más que hacer para mantenerme distraída, para soltar, para rellenar las horas, sobre todo las de mi cabeza. Así que aquí estoy. Y ahora me voy a dar un paseo con la perra, que son las 10 de la mañana.

Comentarios

santiago ha dicho que…
Me jodió porque fue un despido injustificado, porque me gustaba mi curro, aunque los últimos días fueran imposibles.

Te leo, aunque no conozco eso que en la radio llaman tu historia, salvo datos perdidos. Tampoco importa, lo verídico es suficiente.

Los primeros días no piensas, te los pasas explicando lo sucedido, indignado, también con planes, con tiempo, sin ganas. Y culpable, era incapaz de leer en las supuestas horas de trabajo.

He leído tu quinto día antes que el primero, el lastre del formato, pero ambos, y te leo desde hace tiempo, me parecen vivos, claros, y con peso. Lo complicado que es tratar la cotidianidad, y su tono. Y lo tuyo es lo cotidiano.

Agoté el paro, tampoco disponía de mucho. Sin ofertas durante nueve meses, sin contestación a ninguna iniciativa. Ya pensaba en otra profesión, en currículos paralelos sin carreras, con otra experiencia. Di un portazo a un chiringuito, dignidad sobrevenida; esa misma tarde me llamaron para colaborar en algo que después perdería continuidad, aunque he resistido con más trabajos remendones y he tirado de ahorros, claro.

Escribe.

El martes comienzo otra aventura. Con ganas, con incógnitas.
almu ha dicho que…
Ya me contarás, entonces.

Y respecto a todo lo demás que me cuentas, pinta más duro lo tuyo que lo mío. Cómo me jode todo esto... qué te voy a contar!


Pero sí quiero darte las gracias por compartirlo conmigo. De verdad. Y

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