25.10.10

Día 5

Después de un fin de semana trabajando duramente para no existir, para no pensar, para que las horas avancen paralelas a mí, a través del cristal, llega el lunes. Y con él, el vértigo de enfrentarme a una nueva semana. Recuerdo la anterior, llena de malas noticias laborales, y me ahogo. Me bajo a pasear a mi perra y descubro un silencio en el parque que me tranquiliza. Camino sin parar, observo el cielo, que cada vez se parece más a uno de invierno. Mi cabeza está llena de un veneno que trato de ir barriendo, convenciéndome de que algo tendrá que salir bien, o de que, por lo menos, no pasa nada. Y cuando aún no estoy muy segura de si he conseguido hacer limpieza, un japonés salta sobre un banco en frente del palacio para que su amigo consiga capturar el segundo en el que el tipo está en el aire con su cámara fotográfica, hasta que se escucha un aullido, aterriza en el suelo con la espalda doblada, y trata de sentarse paralizado por la risa y el dolor. Me pregunto si tendrán que llamar al Samur mientras me vuelvo a casa sonriendo. Y me acuerdo de cuando mi padre me contaba un chiste muy malo pero con mucho cariño, tratándole de quitar importancia al problema, fuera cual fuera, que yo tuviera de pequeña.

1 comentario:

Percival H. Fawcett dijo...

el cariño es a veces lo único importante

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