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Helsinki

Una vez, en un trabajo, me mandaron a Helsinki. Cogí un avión y aterricé en esa época en la que allí nunca es de noche, que tampoco llega a ser de día. Es como un constante atardecer. Y no sé si será ésta la causa, pero allí no hacen más que beber. Nada más llegar, me recibieron tres vikingos rubios y torpes, de un tamaño tan inmenso que parecían de otro planeta. Era imposible mirarles a los ojos, porque entre un ojo y otro había tanta distancia que yo tenía que girar el cuello para cambiar. Me colgaron una taza de madera de lo más rudimentario, y cada dos minutos me la rellenaban con alcohol. La gracia era de lo más sofisticado: si no te la bebías entera, te volcaban el resto en la cabeza. Así que a los veinte minutos de llegar a Helsinki, mi ciego era descomunal, tenía el pelo empapado en licor, y mi misión era básicamente agradar. No sé si lo conseguí. Pero la imagen que más grabada tengo en la memoria es el momento en que nos meten en una conferencia. En la entrada una chica gigante y monísima reparte unos bolis que cambian de color con el calor de la mano. Y cuando llevábamos un rato tomando notas de no sé muy bien qué, levanto la cabeza y veo a mi alrededor a todos aquellos seres intentando escribir sin tocar el boli, haciendo malabarismos, porque lo de cambiar de color no les entraba en la cabeza. Pensaban que se lo estaban cargando. Salí de aquel país un atardecer, convencida de que me habían tomado el pelo.

9 Diciembre 2002

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