7.2.11

El programa de radio. 1.

Enciendo la radio y escucho un programa nocturno. Muchas veces no salgo para no perdérmelo. Me quedo en casa, poniendo lavadoras, ordenando ropa y rellenando cuadernos donde anoto estas historias. La locutora suele dejarles hablar, aunque halla silencios entre frase y frase, aunque sólo se escuchen sollozos. Nunca interrumpe, nunca les corta. Me encantan esos espacios en blanco llenos de sufrimiento. Anoche llamó una mujer. Lloraba mientras contaba su historia de amor, sabiendo que el hombre del que hablaba, al que estaba engañando con otro según confesaba, la escuchaba sentando en el coche que ella acababa de dejar, tras dejarle sintonizado el programa en la radio. Y allí estaría, escuchándola, aparcado en cualquier calle. El novio dentro y ella fuera, hablando y deambulando por cualquier acera. Pero me ponen enferma las llamadas que no cuentan más que una historia vulgar. Entonces me pongo de los nervios. Me produce una extraña ansiedad que sólo merece la pena por la alegría, el placer de esperar otra historia que realmente valga la pena. 


Llama un chico joven: 


Estoy preocupado porque mi chica, de un tiempo a esta parte... bueno, ella siempre ha sido muy sensible con los animales, pero se está empezando a pasar, a poner muy radical. Cuando vamos por la calle, si se nos cruza alguien con un perro, ella en seguida se acerca y le saluda, pero al animal, no a los dueños. Y es algo que me saca de quicio, aunque sea una chorrada. Y bueno, ya si vamos en coche por carretera y ve un gato atropellado, entonces directamente se echa a llorar...
- ¿Es vegetariana?

- No... bueno... hasta ahora no, a eso voy... antes comía filetes y eso, pero por ejemplo un pollo, al verle las patas y eso, pues le daba grima, decía que en seguida se acordaba de que fue un animal vivo, y comérselo le hacía sentirse culpable. Bueno, el caso es que hace poco nos fuimos de viaje a visitar a un amigo a su pueblo. Y nos juntamos un grupo grande de gente, y fuimos a un merendero, un sitio un poco cutre que hay por allí, en medio de una carretera que une dos pueblos, pero barato, allí lo conoce todo el mundo. Pues resulta que cuando llegamos, la movida era que si pedías conejo al ajillo, podías elegir cuál querías. Es decir, que tenían allí los bichos vivos, y tú elegías cuál te querías comer. Y mataron varios delante de ella. Y buah… allí todos de buen rollo, y ella se echa a llorar y monta el espectáculo...
- Pero espera, Míchel, ¿mataban a los conejos delante de ti?
- Sí, claro, los podías tocar y eso... los acariciabas...
- Míchel, eso... eso es una barbaridad... ¿Y cómo los matan?
- Pues rompiéndoles el cuello, yo qué sé, pues como se mata a los pollos.
- ¿Y dónde dices que era eso?
- Emmm... Vamos, pero el tema es que ella ahora encima ha decidido hacerse vegetariana, ya ni siquiera come carne, y eso ya sí que no me parece bien, la verdad.
- Michel... ¿y a ti qué te importa lo que coma tu chica?
- Joder... los colegas...
- Pero Míchel. ¿tú no te das cuenta de que en esta historia el que sufre de verdad es el conejo?
- ¿Perdón?
- Buenas noches Míchel.



Y luego musiquita.