Entrevista a Martin Amis


Cuando llegué a Segovia, me instalé, ví el plan de trabajo que había allí (no había ninguno, así que tenía que entrar a los escritores por la calle o en la puerta del hotel, y pedirles una entrevista, en plan paparazzi), ataqué a Roncagliolo, a Ian McEwan (que paseaba con su mujer y me citó al día siguiente por la mañana, después de la rueda de prensa del Festival) y a Eduardo Lago, y nos fuimos a comer. Me senté con dos personas del equipo en una terraza de la plaza mayor, frente a la mesa donde estaba sentado Bob Geldof, y en otra, Martin Amis, más atrás. Hacía sol y frío, un viento que complicaba mucho la lectura de la prensa, y la comida era peor. Así que nos levantamos en seguida, y nos pusimos de nuevo a trabajar. Seguí con mis entrevistas, todas en distintos rincones de una misma plaza, en la que de pronto vi a Amis pasar. Me acerqué. Iba con McEwan y sus respectivas mujeres, y me presenté: Hola, soy tal, trabajo en este medio, en el programa tal y cual, y me gustaría hacerle una entrevista”, y el hombre me duda. McEwan me ataja: ¿por qué no se la haces mañana como a mí?”, “Hombre, yo preferiría que fuera hoy”, y Amis “vale, aquí mismo, a las 7 menos cuarto”, “perfecto, gracias, aquí estaré”.

Y allí estaba, a la hora exacta, en el lugar exacto. Puntualidad inglesa en nuestra cita segoviana. Le pido que se siente en un banco mientras nos vamos preparando, y le comento lo que le voy a preguntar para ganar tiempo, para observarle mientras hablo, tan inglés, tan pequeño, tan altivo. Quiero saber si esa seriedad es producto de la timidez, o son sólo aires de superioridad. Sabe que es la estrella del festival, pero está en esta ciudad, pequeña y bonita, lejana y, para él no tan fría, en la que camina por la calle sin que nadie se acerque a saludarle ni sepa quién es. Me recuerda a Mick Jagger, pero incluso ahora que acabo de ver las imágenes, aún no sé por qué. Mis preguntas le parecen bien, y le interesa especialmente que le pregunte por el efecto del 11 de Septiembre en la literatura en general. Es el tema de moda en el festival. Así que mientras él toma postura (apoyando un brazo en el respaldo del banco, transmitiendo familiaridad, y sujetando un cigarro encendido, razón por la cual a mí en la tele me pueden matar, pero me gusta. No lo puedo evitar.) “¿Cuánto tiempo necesitas?”, me pregunta. Me río y le digo “eso es mejor que me lo proponga usted, porque si no, yo me quedo aquí hasta el anochecer”. “Diez minutos, entonces, ¿te parece bien?”, “Quince”, contesto. Y empiezo por mis preguntas-cotilleo:

¿Cómo es su biblioteca particular?
Bueno, tengo una buena biblioteca. Y una de esas veces en la que encargué comida, comida para llevar, vino un chico a traerla, miró a su alrededor y me dijo: “demasiados libros, tío”. Y sí, tengo muchos libros, pero no tengo consideración por ellos como objetos físicos. No colecciono primeras ediciones. Me gusta una buena edición en tapa dura, pero no siento una apreciación estética por ellos para nada.


¿Qué lee cuando escribe?

Cuando estoy escribiendo ficción, tiendo a mantenerme alejado de la ficción, y cuando estoy escribiendo no-ficción, me mantengo lejos de la no-ficción. Uno no quiere voces rivales en su cabeza cuando está escribiendo, ya sea de forma ensayística o imaginativa, vas en dirección contraria de lo que estás escribiendo.


¿Tiene algún tipo de lectura que utilice como una especie de vacación mental?
No. De hecho, antes de llegar al final del borrador de una novela, me pongo a leer un poema largo como Paraíso perdido o La Iliada. Así que es más bien al revés, me pongo una tarea difícil, “mucha obra” (lo dice en español) para leer, más que leer algo fácil. No leo libros fáciles.

¿Hay alguna obra maestra de la Literatura que se le atragante? ¿Qué no haya conseguido terminar?
Supongo que sí, y sería Finnegans Wake, la última novela de James Joyce. Creo que es un libro ilegible, picoteo en él pero no lo encuentro como que esté ahí para ser descubierto. Creo que de hecho estoy bastante en lo cierto cuando digo que es un libro imposible de leer.

Y al contrario, ¿algún libro o autor inconfesable?
Hay un juego de mesa sobre esa pregunta, que se llama “Humillación”, en el que ganas puntos por admitir que no has leído Hamlet o Lolita (sonríe, y ante mi asombro, empieza a ser habitual). Y yo… yo sé que algunos no leen Hamlet para ganar muchos puntos en “Humillación”, pero yo nunca he sido muy bueno en ese juego (y pega una calada tal que me va a pudrir la cinta). He leído… la verdad es que no se me ocurre ningún gran vacío en mis lecturas, por lo menos en las inglesas o americanas.


¿Algún descubrimiento últimamente?
No, sólo los obvios. No creo que haya ninguna figura maltratada u olvidada, de hecho no creo que exista. Tiene que haber muy pocas figuras, y actualmente menos que en cualquier otro momento de la Historia, que hayan sido pasados de largo. Porque se publica tanto, que si no consigues publicar es porque no eres nada bueno.


¿Qué autor relee más a menudo?
A Borges. Lo leo una y otra vez. Habiendo vivido en Uruguay durante dos años (su mujer es uruguaya), puedes sentir el espíritu de Borges volando desde “Buenos Aires” (en español). Es una figura enorme, creo que es el mejor escritor sudamericano, y vuelvo a él una y otra vez.

En ese momento, un desfile de personas vestidas con ropa regional, tocando tambores y trompetas, y sujetando bandejas con cochinillos asados, se acerca por la calle impidiéndonos escuchar otro sonido que no sea el del tantán. Pero yo sigo.

Le voy a hacer la última pregunta porque me parece que esto empieza a ser imposible con tanto ruido… ah, ¡odio esto!

Sí, yo también (riéndose y fumando)

¿Cómo cree que ha afectado el 11 de septiembre a la literatura?
Bueno, primero redujo a los escritores al silencio, porque tu voz sonaba demasiado insignificante. Pero creo que ya ha llegado el momento en el que esos acontecimientos te pueden penetrar y procesados en el subconsciente, y creo que la gente está comenzando a tratar el tema ahora, en ficción.

El ruido del desfile imposibilita ya la conversación. Él me sonríe, le pido si podemos continuar al día siguiente, me dice que sí, que probablemente, le pido que me dedique uno de sus libros, me pone “To Almudena”, firma, y se va.

Miro al cámara y le pregunto “¿Cuánto has grabado?”, “17 minutos” me contesta. 

Comentarios