Anselmo

Me he levantado sola y con una de las peores resacas de mi vida. Toda la casa huele a cerveza y a tabaco. Y mi estómago vacío no para de crujir. Me han despertado los ruidos de las obras de la casa de enfrente. Y cuando me he asomado al balcón para ver qué tiempo hace, me han visto todos los obreros con las tetas al aire. He vuelto a entrar dentro y me he mirado en el espejo para hacerme una idea de la impresión que les habré causado. Un asco. Ya no tengo edad para levantar pasiones. Me he vestido sin lavarme y he bajado a comprar más tabaco. La portera me ha recordado que el casero vendrá esta tarde a cobrar lo que le debo. Mientras hablaba he notado cómo se apartaba de mí con cara de asco. De camino al estanco, he comprado en la farmacia una caja de valium y alguien ha hecho algún comentario despectivo sobre mi olor corporal. Que se jodan. A ver quién tiene huevos de ducharse sin agua caliente con este frío. Aprovecho para llamar a Anselmo desde una cabina. Alguien me ha contado que San Anselmo murió en la hoguera. Le invito a casa a seguir bebiendo. No puede. Su mujer se ha ido de casa y se ha llevado las llaves. Así que decido ir a verle, y evitar la visita del casero. Anselmo vive en una casa de protección oficial rodeada de jardines de árboles escuálidos. La paz que debería reinar se ve truncada por los gritos de los miles de niños que habitan ese barrio y el chirrido permanente de columpios oxidados. Anselmo está tumbado en la cama y seguro que huele peor que yo. Pero no tiene mala cara. Me tumbo a su lado y enciendo un cigarro. Suena el teléfono. Lo cojo. Es su amiga la del teléfono erótico. Un encanto. Hablo con ella durante horas hasta que me muerdo el labio y no tengo ganas de continuar. Estoy sangrando. Anselmo me regaña por manchar sus sábanas. Me largo a casa. Ha vuelto el agua caliente.

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