17.5.13

teatro

Hay canciones que te dibujan una sonrisa y te llevan lejos. Fuera del escenario, rozando el telón, hacia el fondo, agarrada de los cuellos de la camisa descolocándote el frac. Y te empujan por un camino, en el que te presentan a un domador de serpientes, a un sórdido trapecista que huele a rancio, se mueve como un dandy y habla como un locutor inglés. Y al fondo un tiovivo, un río dibujado, una exhibición de marionetas y nieve de espuma de almohadón. Entonces la canción termina y en seguida te olvidas de la sintonía, del título y de tu representación. Ni siquiera eres consciente de tu viaje, solo de un extraño bienestar, medio pícaro, medio sentimental.

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