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Un cangrejo ermitaño


Me despierto temprano y me voy a dar un paseo por la playa. Está desierta. Camino hasta que ya no me apetece continuar. Así que me siento un rato sobre la arena, áspera y fría como el papel de lija. Hace frío. Qué quieres. Es invierno. El primer día del año, un año que empieza pero que no parece nuevo. El viento salado me empuja, me quiere echar, tiene ganas de jugar. Pero en seguida se aburre de mí y elige a una pareja de ancianos que se acerca lentamente a lo lejos. Al hombre le abre la sombrilla de rayas de un solo golpe, convirtiéndole en un gigante cangrejo ermitaño que avanza con dificultad hasta el lugar que le indica la mujer que le acompaña. Ahí mismo clava el palo, ella coloca dos sillas metálicas orientadas al mar, él saca cosas de una enorme bolsa de lona: un aparato de radio, toallas, una manta de lana, un juego de cartas; ella coloca una nevera portátil delante de las sillas para que les sirva de mesa. Entonces llega otra pareja que rondará los cincuenta años, ellos se abrazan, ellas se besan y se abrazan, ellos parecen dos hermanos gemelos separados por un salto generacional al vacío, misma tripa, misma calva, misma mirada, solo que con 30 años de diferencia. También llevan los muebles suficientes como para amueblar un salón comedor encima de la arena de una playa, y a eso van.

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