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22.3.26

Vuelta a los orígenes

Breve introducción absolutamente prescindible:

Pues aquí estoy, desempolvando el blog, volviendo a los orígenes y acordándome del primero que abrí, amqs, con el que me acostumbré a escribir un relato corto al día, y del que ya quedan muy pocas pistas en internet pero que terminó convirtiéndose en libro. Si habrá pasado el tiempo, que me lo publicó una editorial entonces muy grande, que ha sido absorbida por otra que lo es aun más. La portada y el subtítulo fue cosa de los editores, el libro es mucho mejor que eso, pero me quisieron vender como el diario de Bridget Jones y así quedó la cosa. Supongo que por eso elegí yo la portada de mi segunda novela. Y de aquello supongo que nació muchos años después Lady Distopía. De la necesidad de escribir cada día un párrafo en el que reírme un poco de mí y de todo lo demás, ponerme de buen humor y tirar palante. Y bueno, ya, hasta aquí esta breve visita al pasado, que me estoy aburriendo. 

Al grano:

Estoy opositando, que en lenguaje vulgar significa «tengo unos santos ovarios tan inmensos que he decidido pararlo todo y con 54 años ponerme a estudiar para un examen que no sé si tengo posibilidades de aprobar, pero es que no puedo seguir viviendo como lo estaba haciendo hasta ahora». Bueno, hasta ahora no, hasta hace 7 meses, que es cuando tomé la decisión, me apunté a una academia, y empecé a estudiar a diario. Ahora vivo rodeada de apuntes, carpetas, cuadernos, bolis y rotuladores de colores, nervios, ansiedad y mucho miedo, que me quito de un plumazo recordándome a cada momento que soy una privilegiada que se lo puede permitir, gracias a una inesperada herencia de un tío rico (en serio, me ha pasado), mientras me adentro en los confines del parque que hay en frente de mi casa y me siento a observar a carboneros, petirrojos, y pavos reales, que me tienen preocupadísima, porque han puesto una terraza en ese parque que antes era bastante desconocido y muy poco visitado, con lo que ahora han cambiado su dieta habitual, que no sé en qué consistía, por las patatas fritas que les ponen a los turistas de aperitivo con la cerveza. Antes caminabas entre árboles por solitarios senderos de arena y te los encontrabas detrás de los arbustos pensando en sus cosas, mientras que ahora, cuando se acercan las 10,30 de la mañana, que es cuando abren, los ves desfilando hacia la barra del bar de la terraza, a esperar a que los camareros coloquen las sillas y aquello empiece a llenarse de patatas, guiris, selfies con ellos posando al fondo y alegría.  

Me preocupa la dieta de los pavos reales, la guerra, la otra guerra, la otra también, el loco yanqui, el futuro y su posible exterminio, que suban los precios (más todavía) y nos miramos todos de hambre, que ya no hay mercerías en los barrios, el capitalismo devorándolo todo y la destrucción del medio ambiente. En resumen: el capitalismo devorándolo todo. 

Recomendaciones y no tanto, o más bien nada:

Jamás pensé que fuera a ver una película en la que Juliette Lewis se convierte en silla, y mucho menos que me fuera a gustar: 

Clasificación: Anonadada

Cepillar al gato es un libro de, creo, trece relatos sobre trece mujeres mayores, muy mayores, viejas, ancianas, y sobre cómo la vida les pasa por encima sin contar con ellas. Los hijos deciden por ellas, su deseo sexual es repudiado y tachado con asco y mucha vergüenza ajena, y su capacidad de decisión ha quedado más obsoleta que el tapete bordado que sujeta una lámpara desvencijada en una residencia de ancianos. Edadismo, que vaya palabra más fea para una reivindicación tan necesaria, se merece algo mejor, pero a mí nome se me ocurre tampoco. Cuanto más avanzaba, más me gustaban los relatos. 

Clasificación: Bien alto.

Convenience store woman, traducido en España como La dependienta, con lo que ya pierde bastante, es la historia de una chica que termina obsesionándose con su trabajo en un colmado, y sin él su vida no tiene sentido. Es absurdo resumir este libro, hay que leérselo, es rarísimo y a la vez tiene algo de hipnótico, imposible parar de leer. Me ha encantado. Lo leí al terminar Al este del Edén, de Steinbeck, que una vez que asumes que la misoginia va a estar dolorosamente presente a lo largo de todas sus 700 páginas, es una verdadera pasada. Y necesitaba algo livianito para después, así que me decidí por este. De liviano nada, pero es corto, muy curioso y bastante hipnótico. 

Clasificación: Muy bien muy raro.  
Bueno, lo dejo aquí, que son casi las 10 de la mañana, hace sol y me tengo que largar a disfrutar de la vida, que tengo prisa. 

Si queréis recibir mis mierdas en vuestro correo, pasádmelo por email: ladydistopia@gmail.com, y tanto si sí como si no, dejadme un comentario, que estoy muy sola. 

También podéis recomendar resto a vuestra gente si es que os ha gustado, y luego está la posibilidad de invitarme a un café aquí, que he heredado pero no tanto. 

¡Hasta el domingo que viene!

Besos y cuidaos mucho,

Almu

9.12.18

Novecento

Hace mucho tiempo, cuando yo tenía 20 años, tuve un jefe que no voy a decir quién es, pero con el que recorrí mucho mundo, también incluso sin salir de Madrid. Me adoptó como su protegida. Yo era una niña viva, libre y muy leída, y él optó por enseñarme más y abrirme los ojos. 

El caso es una noche me llamó a casa y me dijo que me cogiera un taxi y fuera al café Lisboa. Un lugar maravilloso, que ya no existe. Me dijo que me iba a presentar a alguien muy importante. Mi madre dijo que ni de coña, que era entre semana, y yo iba a la universidad y trabajaba

Pero él la llamó y la convenció. Porque a ella sí le dijo a quién me iba a presentar.

Al llegar al café Lisboa, flipe porque estaba cerrado. Pero salí del taxi y me acerqué a la puerta para llamar. En ese momento se me adelantó un señor con un aspecto que me impactó. Solo le vi de espaldas, e iba acompañado de otro, que parecía que era como su ayudante. Jamás se me olvidará ese abrigo. Esa ropa. Tuve que dar un paso atrás para observarle de espaldas, mientras llamaba a la puerta. Le abrieron y entramos los tres. Yo vi a mi amigo sentado solo en una mesa esperando, y los tres fuimos hacia él. Y entonces le vi la cara.

Era Bertolucci.

Ellos se saludaron como si fueran hermanos, y yo me comporté tímidamente como la hija educada que se mantiene en un segundo plano, disfrutando como una loca de cada segundo de la conversación. Les escuchaba hablar con miedo a que me hicieran participar, porque no iba a estar a la
altura. Hasta que de pronto, mi amigo se volvió hacia mí y me dijo: ¿no le quieres preguntar nada? Yo, pocos meses antes, había visto Novecento. Y se me había quedado grabada en la cabeza la brutalidad de la escena de Sutherland en la que viola al niño y después le agarra de las piernas y le da vueltas hasta que le estalla la cabeza. Y no lo pude evitar. Le pregunté por aquella escena. Le pregunté cómo se le había ocurrido semejante salvajada, de dónde venía aquello. Entonces él me miro concierta ternura y me dijo: "Ay, bendita juventud, bendita inocencia. Esa violencia no la inventé yo. Esa escena me la dieron los nazis". Y me quedé callada el resto de la noche, pensando en que había sido muy idiota, pero disfrutando de aquella noche que duró hasta la madrugada.

27.8.18

En mi calle








Me despierto, me visto, salgo a la calle a pasear a mi perra, y un tío me grita: "¡tened más hijos y menos perros!". Hace unos días decidí dejar Twitter, y hoy de pronto lo vivo en mi propia calle.

21.8.18

La ternura de los barrios


Ayer me senté en una terraza de Lavapiés después de dar un paseo con mi perra, a leer un rato y a beber agua con gas. La otra única mesa que estaba ocupada, lo estaba por dos mujeres de mediana edad, que charlaban sobre cine. Una era más joven, una mujer obesa que hablaba muy despacio, arrastrando la lengua, como si estuviera ralentizada por algún tipo de medicación. La otra la escuchaba con mucha atención, divagar sobre películas de Hollywood de los años 90.  Estaban disfrutando como dos niñas pequeñas con la conversación. Ambas tomaban refrescos, y trataban al camarero por su nombre de pila, había cierta familiaridad.

Al cabo de un buen rato, le pidieron un vino, y entonces el camarero se acercó a la mesa. Les dijo que no, les pidió que,por favor, no bebieran alcohol. Les recordó que no podían, que les sentaba mal. Ellas le rogaron con ojos infantiles que les pusiera una copita, pero él, con mucho cariño y buenas maneras, se negó, y en su lugar les trajo otro par de refrescos. Entonces ellas continuaron con su conversación sobre actores y películas. Hasta que una de ellas le explicó a la otra que podía hacer búsquedas en google con su móvil, a través de la voz. A la segunda le dio una ataque de risa de alegría ante semejante descubrimiento, y pasaron la siguiente hora gritándole al aparato: "¡Julia Roberts!, ¡Robin Williams!, Robert de Niro!, ¡Judie Foster!...". Yo no pude concentrarme mucho en la lectura, pero me fui a casa con la sensación de haber presenciado algo mucho mejor.

14.8.18

Dónde está mi vida

Esta madrugada me desperté a las tres y cuarto de la mañana y ya no conseguí volver a dormirme. Me había acostado a media noche, con lo que solo había dormido tres horas escasas. Entre estornudos de los vecinos, voces a lo lejos que me llegaban de la calle, oscuridad y silencio, decidí continuar leyendo el libro de Mariana Enriquez "Los peligros de fumar en la cama". Una serie de relatos protagonizados por personajes tan reales y cercanos como perversos, que me está resultando fascinante. Uno de esos libros que me empujan a escarbar en mi cerebro, desenterrando material que tenía olvidado. Y apareció Nelson. Mi perro. El perro de mi adolescencia. Y con él, mi madre. Y aquel episodio surrealista en el que, al llegar del colegio y abrir la puerta de casa, un denso humo blanco me impedía la entrada. Salí corriendo en busca del portero, que consiguió entrar tapándose la boca con un trapo, y rescatar a mi madre, que dormía apaciblemente encerrada en su cuarto con el animal. Apareció despeinada y en camisón, medio desorientada todavía, y le espetó al pobre bicho: "¿Se incendia la casa y tú no eres capaz de avisar? ¡Pues no sé yo para qué tenemos perro!". Al principio me pareció que aquello era un buen material para escribir un relato, pero de pronto rompí a llorar. A llorar desconsoladamente mientras me preguntaba en voz alta sin parar la misma frase. Una y otra vez. Dónde está mi vida. Dónde está. Dónde está aquella vida que era la mía. Aquella casa. Aquella madre. Aquel perro. Y lloraba y lloraba mientras miraba a mi alrededor, a las baldosas frías del suelo, al desorden de libros y cuadernos cubiertos de polvo. A todo lo que soy ahora y lo poco que tiene que ver mi vida de ahora con la de aquel momento. Y ya, para terminar de disparar hacia dentro, miré a mi perra, tumbada al lado de la cama, roncando, y me di cuenta de que ella, ya una señora abuela, pronto se convertirá en otra parte importante de mi vida que va a desaparecer para no volver jamás. Y seguí llorando, con la sensación de que esto en lo que estoy ahora no es mi vida. Que mi vida era aquello. Que ahora no soy más que una invitada en la vida de alguien que o no conozco o no me importa nada. Que no he hecho nada más que perder el tiempo cobardemente en lugar de construirme mi propia vida.

Y aquí sigo. Horas después. Llorando desconsoladamente, aún sabiendo que estoy siendo terriblemente injusta conmigo misma.

1.8.18

Niños pidiendo deseos

Hace un par de años hice un programa para TVE en el que niños de distintos coles pedían un deseo para una 3ª persona. Cada semana se hacía en un colegio distinto. En uno de ellos, todos pidieron lo mismo. Todos. Una mano robótica para una niña a la que le faltaban todos los dedos.

Después, había dos deseos que se repetían en todos los colegios: "Pelo para mi padre" y "Ayuda para mi madre, que trabaja demasiado".

20.7.18

Mi perra

Esta mañana, jugando a la pelota en el parque con mi perra, al verla tropezarse con un seto que, sorprendentemente, no ha llegado a ver, he pensado: "pobrecita, qué mayor está", y me he quedado tan triste, que casi me echo a llorar.

Por la tarde, ya en casa, me ha lanzado la pelota para que jugase con ella, ésta se ha metido entre las patas de mi silla, al agacharme se me han caído las gafas, y me ha dado tal tirón en la espalda, que me he tenido que tumbar. Y claro, me ha entrado un ataque de risa, porque ahora mi perra me está mirando a mí.

9.7.18

Carta de rechazo de una editorial, a mi segunda novela

Almu, no vamos a pasar oferta por tu novela. La ha leído una persona de mi entera confianza y su informe, que te incluyo, no es positivo. Espero que sus opiniones te sirvan.
Un abrazo y gracias por pensar en nosotros.
c.

Texto recuperado: Hombres en ruinas por todas partes

Buscando una reseña concreta dentro de mi blog, me acabo de topar con este texto que ni recordaba haber escrito, pero que podría haberlo hecho esta misma mañana. 

27.1.18

Diario


Últimamente el cuerpo me está pasando facturas por cosas que no recuerdo haber hecho.

8.11.17

La jornada laboral o la vida


Tengo la sana costumbre de asfixiarme al menos una vez por semana. No es algo voluntario, es una sorpresa que me da la cabeza. Me despierto y me angustio en seguida al pensar en el día tedioso que me espera, repleto de rutinas impuestas y carentes de sentido. Nada es interesante, no me cruzo con nadie que me alimente lo más mínimo. Así que trato de pasar por encima de mi jornada laboral flotando, haciéndome la muerta sobre un agua estancada, hasta que la corriente me empuja hacia la orilla. Entonces me seco, regreso a casa y empieza mi vida.

1.11.17

La inventora de conflictos que no existen



Llevo meses incómoda pensando en que a mi vecino de enfrente le molesta que yo no tenga cortinas. A mí no me apetecía nada ponerlas porque la vista es preciosa y no quiero perderme nada. La casa anterior en la que vivía era muy oscura, además coincidió con una época triste de mi vida, y yo ahora lo que necesito es mucha luz. Así que he desarrollado una adicción por ella y por las vistas que tienen mis ventanas. Que son preciosas. Casi impensables en una ciudad como ésta, en la que casi no hay horizonte.

El caso es que desde su ventana, mi vecino debe de ser capaz de ver el interior de la mitad de mi casa. Con lo que he terminado poniendo las malditas cortinas. Bueno, pues él sigue viviendo con la persiana bajada.

25.9.17

Cuando llega la hora de cenar en mi edificio

Llevo unos tres años viviendo en esta casa, y es acojonante cómo han cambiado las conversaciones de una familia que vive en el piso de abajo. Me llegan a través del patio.

A ese patio da la ventana de mi cocina, desde la que tengo una vista muy alucinante, y es el origen de muchas cosas que ahora no vienen a cuento. El caso es que es un sitio especial para mí, en el que paso tiempo, y casi todas las noches me siento un rato delante de esa ventana. Y como el resto de los vecinos hablan en idiomas que desconozco, solo me llega la conversación de esta familia cada noche. Cuando se sientan todos juntos.

Todo siempre comienza con el "¡A cenar!", que suele gritar el padre, y a partir de ahí, se van sentado todos juntos alrededor de una mesa, que yo imagino, y en seguida la cosa se pone intensa.

Por lo que escucho, es un matrimonio con un hijo que hace tres años estaba en plena adolescencia tardía, o sea, pesadísimo, y una hija que debe andar por ahí, pero suena bastante más madura. Así que no sé si tiene dos años más que él, o son gemelos y es que sencillamente ella es tía.

La cosa es que hace tres años, discutían padres e hijos durante horas, sobre el uso de las drogas, de los condones, y de los teléfonos móviles.

Ahora están todo el puto día hablando de política. Los problemas de sus hijos han cambiado. Y padre e hija se han afiliado a distintos sindicatos.

28.9.16

Correspondencia

Lunes 26 de septiembre, 2016. Moraira

Hola,

Hace muchos, muchos miles de años, recibí un correo tuyo en el que me decías que para contar desgracias era mejor no escribir. Yo he respetado este criterio, entre otras cosas, porque cuando estoy jodido m gusta estar solo, y que no me den consejos etc, (es muy posible que haga mal).
El hecho es que, parece ser que las cosas te van bien en todos los terrenos, vale, pues cuenta coñe.

Un beso

F.

———
Martes 27 de septiembre, 2016. Madrid

Hola F.,

Las cosas me van bien de cara a la galería, pero la verdad es que por dentro estoy hecha un cristo. Y aunque, como me recuerdas en tu mail que yo te dije una vez que "para contar desgracias era mejor no escribir", he decido cagarme en mis propias palabras y utilizar este medio como desahogo, que yo también tengo memoria: cuando yo era una adolescente te escuché decir en una ocasión en Moraira que escribir es terapéutico. Entonces hablabas con tus hermanas de este tema como una recomendación que te había hecho tu psiquiatra. Yo estaba por allí de oyente, se me quedó clavado aquello en la cabeza, y me lo tomé tan al pie de la letra, que aquello me decidió a empezar a escribir diarios que aún mantengo, y fue el germen de mi primera novela, "Mi vida perra". Esto, para que te hagas una idea del efecto que produces en mí, que no es poca cosa.

No me van bien las cosas en todos los terrenos, porque yo no me dejo, luego te explico esto. Lo que ocurre es que a C. solo le traslado las buenas noticias puesto que ella ya tiene suficiente con lo suyo, que son sus hijos y su nieta, por los que se desvive, como es lógico.

Como te conté, estuve desde enero trabajando para (…). Ha sido un trabajo precioso, por el que me he desvivido, y terminé a finales de agosto. Entonces decidí que, mientras buscaba otra cosa, como tengo un dinero ahorrado, viviría despreocupadamente y aprovechando el tiempo libre para terminar mi tercera novela. Pero, ¿cuándo he sabido yo vivir despreocupadamente? Me río solo de pensarlo y me vuelve a la cabeza esa frase que dice "si quieres hacerle reír a Dios, cuéntale tus planes". Así que desde entonces, tengo una ansiedad brutal, con la que me despierto cada mañana, me acuesto cada noche, y que se me agarra al pecho asfixiándome a altas horas de la madrugada. Tengo una caja de Lorazepam en la mesilla de noche, pero solo hago uso de ella con la mirada, con saber que está ahí, me vale. Hacía tiempo que no tenía ansiedad, mucho. Ya sabes que he pasado cuatro años muy jodidos, y parece que cuando tienes problemas reales de supervivencia, cuando no sabes de qué vas a comer el mes que viene, es como si la cruda realidad pisoteara esa ansiedad hasta hacerla desaparecer y quedar en primera posición en una competición absurda y cruel por joderte la vida. Pero ahora parece que ha venido para quedarse, y he decidido que prefiero conocer a esa enemiga que me acompaña día y noche, hacerle frente, y tirar de las pastillas solo cuando la cosa se torne insoportable.

Con todo esto, mi plan de escribir la tercera novela se ha visto truncado, porque de pronto me daba miedo, o mejor dicho, vértigo, hurgarme por dentro. Y a ver cómo escribo sin hacerlo…

Esta mañana, nada más despertarme, leí tu correo de anoche en pleno ataque de ansiedad matutino, salí a pasear a la perra, y mientras caminaba por la calle, pensé: esta es mi oportunidad, si no puedo escribirme a mí, le escribiré a Fato. Y aquí estoy.

¿Cuál es la razón de esta situación por la que estoy pasando? El miedo. Estoy muy asustada. Porque de pronto me he visto igual que hace cuatro años. Vulnerable. Sin trabajo. Con un futuro incierto que no puedo controlar porque no depende de mí. Y si tengo que volver a pasar por el infierno de tener que dejar mi casa por no poder pagarla, y mudarme y mudarme y mudarme hasta tener cada vez la casa más miserable y la vida más precaria, una se plantea hasta si compensa seguir viviendo. Pero no, no te preocupes, que hasta ahí no llego. Ni me planteo eso, aunque como me conozco, me adelanto. Pero a la vez, todo esto es mentira, no es más que una trampa que me pongo yo solita, no sé si hasta para mantenerme viva. Ni yo soy la misma que hace cuatro años, ni mi situación es tan precaria, ni puedo permitirme el lujo de dejar de escribir, de dejar de hurgarme, porque cuando me hurgo - tengo que recordarme - que encuentro muchas cosas muy buenas dentro. Solo necesito sacarlas, recuperarlas. Recuperarme a mí misma.

Para empezar, estaba metida en una relación con (…) que ha resultado un absoluto desastre y que ha terminado de la peor manera. Esto es, con una bronca descomunal a través de mensajes en el móvil, donde la crueldad y las palabras que nunca se debieron decir, quedaron ahí escritas. No es que haya sido la relación más importante o más profunda de mi vida, para nada. Si miro atrás, no tenía ningún sentido. Pero esa ruptura cobarde y cutre parece que ha alimentado mi ansiedad, y esa afición que tenemos todos a culpabilizarnos por lo que no hemos hecho, me persigue también día y noche. Todo esto ocurrió la semana pasada, así que lo tengo demasiado reciente, pero no me preocupa, lo que me preocupa es mi yo, mi todo lo demás que te estoy contando. Ese saber cuidarse, saber mantenerse, ese aprender a quererse.

Me ha salido un trabajo de unas pocas semanas en (…). Es un trabajo corto, y luego a buscar otra cosa. Ahora hay mucho movimiento en la tele, y mis compañeros de profesión me dicen que no me preocupe, que aproveche mi tiempo escribiendo, que pronto me saldrá algo, pero yo miro más allá, cosa que sé que no debo, y ese es el origen de mi miedo: ¿me voy a pasar toda la vida con esta ansiedad y sintiéndome vulnerable cada vez que termine un proyecto? Porque mi profesión es así, aquí nadie tiene un puesto fijo. Te contratan para un proyecto y en unos meses termina y te vas a la calle.

El caso es que la teoría me la sé: "Hay que pensar en el ahora", "hay que disfrutar del momento"... todo eso está muy bien, pero después llega la realidad. Imagino que será cuestión de superar ese miedo a lo anterior ya vivido, a esos cuatro años de desastre, y tratar de verlos como un aprendizaje, que es lo que realmente ha sido. Pero... ¿y qué pasa con la edad? El tiempo vuela, la vida pasa tan deprisa, que aún me sorprendo mirando a chicas que mi cerebro computa como "de mi edad" pero que tienen quince años menos. Mi cuerpo ya no es el que era, ya no soy tan guapa, los hombres ya no me miran por la calle, la mujer más coqueta del mundo ahora odia el espejo... ahora toca construirse por dentro, hacerse fuerte, ser mujer, y encarar la vida de otra manera.

Y sí, como siempre, tenías razón. Qué bien sienta escribir. He empezado esta carta medio derrumbada y ahora me veo capaz de comerme a cualquiera.

Te mando un beso gigante.

A.

19.11.15

Madrid me escupe


Esta mañana salí de casa con la intención de ir a ver una exposición de Miquel Barceló con Nacho en la calle Alcalá. De disfrutar de una mañana libre bajo este sol de invierno que decora pero no calienta. Salí de Lavapiés, crucé la plaza de Antón Martín, cogí la calle León, me choqué contra unos pies de alguien que se encontraba tirado en el suelo, le fui a pedir disculpas pero me di cuenta de que estaba durmiendo y no quise despertarle. La gente le pasaba por encima como si fuera parte del mobiliario urbano, como si fuera un tronco tumbado cruzado en medio de la acera. Yo también seguí caminando. Giré hasta cruzar la plaza de Santa Ana, llamé a Jacobo por si le daba tiempo a tomar un café, pero no me cogió el teléfono. Llegaba con media hora de antelación a mi cita en el museo, así que decidí dar una vuelta. La Puerta del Sol me deslumbró con ese aberrante árbol navideño metálico gigante repleto de logos. Con ese edificio entero envuelto en una lona inmensa que anuncia ropa prohibitiva de hombre. Con esos muñecos humanos de disfraces roídos, sucios, miserables.  Sonó mi teléfono, y nada más descolgar y escuchar la voz de Jacobo rompí a llorar. A llorar desconsoladamente. No podía moverme. No conseguía avanzar ni hacia un lado ni hacia otro. Solo lloraba mientras sentía los empujones de la gente que pasaba a mi lado. Alguien protestó porque le había hecho parar, cambiar su ritmo, su paso frenético. Jacobo intentaba hablarme pero yo no le oía. Decidí colgar y limpiarme los mocos, secarme las lágrimas. Si Nacho me veía así se iba a asustar y le iba a tener que explicar qué me pasaba. Entonces le vi a lo lejos, levantó un brazo para llamar mi atención, pero le perdí de vista porque me lo taparon tres señores vestidos con un extraño uniforme. No conseguía parar de llorar, y Nacho estaba cada vez más cerca. Me quité las gafas, que estaban empañadas, me sequé las lágrimas a toda prisa con la bufanda, y vi que los tres señores vestidos de azul eran tres policías antidisturbios armados con metralletas. Al fondo se movía con el viento el lazo negro gigante colgado de un edificio oficial en honor a las víctimas de los atentados de París. Entonces llegó Nacho. Me abrazó, y me dijo: "Tía, te tienes que ir de aquí". 

28.6.15

Irte de vacaciones sin estar

Ayer me caducó el premio de la única rifa que he ganado en mi vida. El año pasado por estas fechas invité a un grupo de amigos a cenar en un restaurante mexicano para celebrar mi cumpleaños, y cuando pedimos la cuenta, nos ofrecieron participar en una rifa en la que te podía tocar el fin de semana que tú quisieras a lo largo del próximo año, en la ciudad de España que tú quisieras en la que existieran hoteles de esa cadena de cinco estrellas.

Llamé tres veces, pero en ninguna de las ocasiones me permitieron hacer la reserva: no me dejaban ir sola porque era una promoción de una cadena (desgraciadamente no recuerdo el nombre) que quería orientar su publicidad hacia el respeto por los valores familiares, por supuesto cuando planteé que iría con mi mejor amiga casi se santiguan, y la opción de ir con mi perra ni se la plantearon. Y claro, no se me ocurren otras opciones. Ojalá pudiera ir sin estar y disfrutar así de unos días de casi vacaciones, pero aún así, tampoco sé si me dejarían.

21.6.15

Diario

Hoy me he encontrado con un amigo multimillonario que me tira los tejos desde que tengo catorce años, pero es que no me pone nada. Y eso que me resolvería muchos problemas y me conseguiría otros nuevos.  Pero me resulta imposible. Una vez le hice una paja en casa de sus padres cuando yo era una adolescente. Fue de las primeras que hice. Estuvo bien, porque siempre es halagador que un tío mayor se lo pase bien tan rápido con un pequeño esfuerzo de tu mano. Todavía no sabía que hacerle una paja a alguien también te podía gustar a ti, así que no le di muchas más vueltas al tema. Fue más bien parte de mi propio proceso de experimentación con el sexo ajeno. El caso es que me ha gustado reencontrarme con él. Le va de la hostia, pertenece a un planeta que me resulta lejanísimo, pero es tan suave, tan culto y tan educado, que el viaje interplanetario se convierte en una especie de visita cultural, como en el colegio cuando éramos pequeños y nos llevaban de museos.

5.6.15

Diario

En los últimos meses he ido tejiendo una lona que por fin ya me envuelve todo el cuerpo. Como un edificio en ruinas sujeto por endebles andamios. Para que nadie me vea. Para que no se enteren de que existo. Para que ni siquiera yo me encuentre con mi propio reflejo. Porque con el tiempo me he convertido en un monstruo. Mis vicios han salido al exterior en forma de heridas que supuran, y el paso del tiempo las infecta. Caminar por la calle pegada a las paredes ya no alivia. Así que he optado por imponerme un burka.