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22.3.26

Vuelta a los orígenes

Breve introducción absolutamente prescindible:

Pues aquí estoy, desempolvando el blog, volviendo a los orígenes y acordándome del primero que abrí, amqs, con el que me acostumbré a escribir un relato corto al día, y del que ya quedan muy pocas pistas en internet pero que terminó convirtiéndose en libro. Si habrá pasado el tiempo, que me lo publicó una editorial entonces muy grande, que ha sido absorbida por otra que lo es aun más. La portada y el subtítulo fue cosa de los editores, el libro es mucho mejor que eso, pero me quisieron vender como el diario de Bridget Jones y así quedó la cosa. Supongo que por eso elegí yo la portada de mi segunda novela. Y de aquello supongo que nació muchos años después Lady Distopía. De la necesidad de escribir cada día un párrafo en el que reírme un poco de mí y de todo lo demás, ponerme de buen humor y tirar palante. Y bueno, ya, hasta aquí esta breve visita al pasado, que me estoy aburriendo. 

Al grano:

Estoy opositando, que en lenguaje vulgar significa «tengo unos santos ovarios tan inmensos que he decidido pararlo todo y con 54 años ponerme a estudiar para un examen que no sé si tengo posibilidades de aprobar, pero es que no puedo seguir viviendo como lo estaba haciendo hasta ahora». Bueno, hasta ahora no, hasta hace 7 meses, que es cuando tomé la decisión, me apunté a una academia, y empecé a estudiar a diario. Ahora vivo rodeada de apuntes, carpetas, cuadernos, bolis y rotuladores de colores, nervios, ansiedad y mucho miedo, que me quito de un plumazo recordándome a cada momento que soy una privilegiada que se lo puede permitir, gracias a una inesperada herencia de un tío rico (en serio, me ha pasado), mientras me adentro en los confines del parque que hay en frente de mi casa y me siento a observar a carboneros, petirrojos, y pavos reales, que me tienen preocupadísima, porque han puesto una terraza en ese parque que antes era bastante desconocido y muy poco visitado, con lo que ahora han cambiado su dieta habitual, que no sé en qué consistía, por las patatas fritas que les ponen a los turistas de aperitivo con la cerveza. Antes caminabas entre árboles por solitarios senderos de arena y te los encontrabas detrás de los arbustos pensando en sus cosas, mientras que ahora, cuando se acercan las 10,30 de la mañana, que es cuando abren, los ves desfilando hacia la barra del bar de la terraza, a esperar a que los camareros coloquen las sillas y aquello empiece a llenarse de patatas, guiris, selfies con ellos posando al fondo y alegría.  

Me preocupa la dieta de los pavos reales, la guerra, la otra guerra, la otra también, el loco yanqui, el futuro y su posible exterminio, que suban los precios (más todavía) y nos miramos todos de hambre, que ya no hay mercerías en los barrios, el capitalismo devorándolo todo y la destrucción del medio ambiente. En resumen: el capitalismo devorándolo todo. 

Recomendaciones y no tanto, o más bien nada:

Jamás pensé que fuera a ver una película en la que Juliette Lewis se convierte en silla, y mucho menos que me fuera a gustar: 

Clasificación: Anonadada

Cepillar al gato es un libro de, creo, trece relatos sobre trece mujeres mayores, muy mayores, viejas, ancianas, y sobre cómo la vida les pasa por encima sin contar con ellas. Los hijos deciden por ellas, su deseo sexual es repudiado y tachado con asco y mucha vergüenza ajena, y su capacidad de decisión ha quedado más obsoleta que el tapete bordado que sujeta una lámpara desvencijada en una residencia de ancianos. Edadismo, que vaya palabra más fea para una reivindicación tan necesaria, se merece algo mejor, pero a mí nome se me ocurre tampoco. Cuanto más avanzaba, más me gustaban los relatos. 

Clasificación: Bien alto.

Convenience store woman, traducido en España como La dependienta, con lo que ya pierde bastante, es la historia de una chica que termina obsesionándose con su trabajo en un colmado, y sin él su vida no tiene sentido. Es absurdo resumir este libro, hay que leérselo, es rarísimo y a la vez tiene algo de hipnótico, imposible parar de leer. Me ha encantado. Lo leí al terminar Al este del Edén, de Steinbeck, que una vez que asumes que la misoginia va a estar dolorosamente presente a lo largo de todas sus 700 páginas, es una verdadera pasada. Y necesitaba algo livianito para después, así que me decidí por este. De liviano nada, pero es corto, muy curioso y bastante hipnótico. 

Clasificación: Muy bien muy raro.  
Bueno, lo dejo aquí, que son casi las 10 de la mañana, hace sol y me tengo que largar a disfrutar de la vida, que tengo prisa. 

Si queréis recibir mis mierdas en vuestro correo, pasádmelo por email: ladydistopia@gmail.com, y tanto si sí como si no, dejadme un comentario, que estoy muy sola. 

También podéis recomendar resto a vuestra gente si es que os ha gustado, y luego está la posibilidad de invitarme a un café aquí, que he heredado pero no tanto. 

¡Hasta el domingo que viene!

Besos y cuidaos mucho,

Almu

9.12.18

Novecento

Hace mucho tiempo, cuando yo tenía 20 años, tuve un jefe que no voy a decir quién es, pero con el que recorrí mucho mundo, también incluso sin salir de Madrid. Me adoptó como su protegida. Yo era una niña viva, libre y muy leída, y él optó por enseñarme más y abrirme los ojos. 

El caso es una noche me llamó a casa y me dijo que me cogiera un taxi y fuera al café Lisboa. Un lugar maravilloso, que ya no existe. Me dijo que me iba a presentar a alguien muy importante. Mi madre dijo que ni de coña, que era entre semana, y yo iba a la universidad y trabajaba

Pero él la llamó y la convenció. Porque a ella sí le dijo a quién me iba a presentar.

Al llegar al café Lisboa, flipe porque estaba cerrado. Pero salí del taxi y me acerqué a la puerta para llamar. En ese momento se me adelantó un señor con un aspecto que me impactó. Solo le vi de espaldas, e iba acompañado de otro, que parecía que era como su ayudante. Jamás se me olvidará ese abrigo. Esa ropa. Tuve que dar un paso atrás para observarle de espaldas, mientras llamaba a la puerta. Le abrieron y entramos los tres. Yo vi a mi amigo sentado solo en una mesa esperando, y los tres fuimos hacia él. Y entonces le vi la cara.

Era Bertolucci.

Ellos se saludaron como si fueran hermanos, y yo me comporté tímidamente como la hija educada que se mantiene en un segundo plano, disfrutando como una loca de cada segundo de la conversación. Les escuchaba hablar con miedo a que me hicieran participar, porque no iba a estar a la
altura. Hasta que de pronto, mi amigo se volvió hacia mí y me dijo: ¿no le quieres preguntar nada? Yo, pocos meses antes, había visto Novecento. Y se me había quedado grabada en la cabeza la brutalidad de la escena de Sutherland en la que viola al niño y después le agarra de las piernas y le da vueltas hasta que le estalla la cabeza. Y no lo pude evitar. Le pregunté por aquella escena. Le pregunté cómo se le había ocurrido semejante salvajada, de dónde venía aquello. Entonces él me miro concierta ternura y me dijo: "Ay, bendita juventud, bendita inocencia. Esa violencia no la inventé yo. Esa escena me la dieron los nazis". Y me quedé callada el resto de la noche, pensando en que había sido muy idiota, pero disfrutando de aquella noche que duró hasta la madrugada.

4.9.18

Cumpleaños en China


Hace años me contaron que en China, el día de tu cumpleaños, los regalos y la celebración no son para ti, son para tu madre. No sé si es así o si se seguirá haciendo, pero me parece precioso. Eso sí, los hombres os quedáis sin tarta.

27.8.18

En mi calle








Me despierto, me visto, salgo a la calle a pasear a mi perra, y un tío me grita: "¡tened más hijos y menos perros!". Hace unos días decidí dejar Twitter, y hoy de pronto lo vivo en mi propia calle.

21.8.18

La ternura de los barrios


Ayer me senté en una terraza de Lavapiés después de dar un paseo con mi perra, a leer un rato y a beber agua con gas. La otra única mesa que estaba ocupada, lo estaba por dos mujeres de mediana edad, que charlaban sobre cine. Una era más joven, una mujer obesa que hablaba muy despacio, arrastrando la lengua, como si estuviera ralentizada por algún tipo de medicación. La otra la escuchaba con mucha atención, divagar sobre películas de Hollywood de los años 90.  Estaban disfrutando como dos niñas pequeñas con la conversación. Ambas tomaban refrescos, y trataban al camarero por su nombre de pila, había cierta familiaridad.

Al cabo de un buen rato, le pidieron un vino, y entonces el camarero se acercó a la mesa. Les dijo que no, les pidió que,por favor, no bebieran alcohol. Les recordó que no podían, que les sentaba mal. Ellas le rogaron con ojos infantiles que les pusiera una copita, pero él, con mucho cariño y buenas maneras, se negó, y en su lugar les trajo otro par de refrescos. Entonces ellas continuaron con su conversación sobre actores y películas. Hasta que una de ellas le explicó a la otra que podía hacer búsquedas en google con su móvil, a través de la voz. A la segunda le dio una ataque de risa de alegría ante semejante descubrimiento, y pasaron la siguiente hora gritándole al aparato: "¡Julia Roberts!, ¡Robin Williams!, Robert de Niro!, ¡Judie Foster!...". Yo no pude concentrarme mucho en la lectura, pero me fui a casa con la sensación de haber presenciado algo mucho mejor.

15.8.18

Tener que explicar



Tener que justificar lo que no has hecho porque no te ha dado la gana a pesar de que se espera de ti, solo porque eres una mujer.

Tener que explicar que tú no dispones de tanto tiempo, porque nadie te limpia la casa, nadie te hace la comida, nadie te compra la ropa, ni te la lava ni te la tiende.

Tener que explicar que tú no has venido al mundo a sonreír ni complacer. Que tienes el mismo derecho a ser una persona antipática que un hombre, porque tú también eres eso, persona.

Tener que explicar que hay días en los que realmente lo que te apetece es estar de mal humor.

Tener que explicar que a ti te ha dado menos tiempo que a los hombres a lograr ciertas cosas, porque a ti te ha costado mucho más.

Tener que justificar que te distrae hacer cosas que no se te dan realmente bien, pero que las haces porque te distraen. 

Tener que levantarte cada mes después de haber tenido la regla y haberte sentido tan vulnerable que un leve soplido de un desconocido te haya podido tumbar.

Tener que gritar para que alguien te escuche, porque te conviertes en un ser invisible cuando eres mujer y llegas a cierta edad.

Tener que explicar.

Tener que justificarte.

Tener que explicar.

14.8.18

Dónde está mi vida

Esta madrugada me desperté a las tres y cuarto de la mañana y ya no conseguí volver a dormirme. Me había acostado a media noche, con lo que solo había dormido tres horas escasas. Entre estornudos de los vecinos, voces a lo lejos que me llegaban de la calle, oscuridad y silencio, decidí continuar leyendo el libro de Mariana Enriquez "Los peligros de fumar en la cama". Una serie de relatos protagonizados por personajes tan reales y cercanos como perversos, que me está resultando fascinante. Uno de esos libros que me empujan a escarbar en mi cerebro, desenterrando material que tenía olvidado. Y apareció Nelson. Mi perro. El perro de mi adolescencia. Y con él, mi madre. Y aquel episodio surrealista en el que, al llegar del colegio y abrir la puerta de casa, un denso humo blanco me impedía la entrada. Salí corriendo en busca del portero, que consiguió entrar tapándose la boca con un trapo, y rescatar a mi madre, que dormía apaciblemente encerrada en su cuarto con el animal. Apareció despeinada y en camisón, medio desorientada todavía, y le espetó al pobre bicho: "¿Se incendia la casa y tú no eres capaz de avisar? ¡Pues no sé yo para qué tenemos perro!". Al principio me pareció que aquello era un buen material para escribir un relato, pero de pronto rompí a llorar. A llorar desconsoladamente mientras me preguntaba en voz alta sin parar la misma frase. Una y otra vez. Dónde está mi vida. Dónde está. Dónde está aquella vida que era la mía. Aquella casa. Aquella madre. Aquel perro. Y lloraba y lloraba mientras miraba a mi alrededor, a las baldosas frías del suelo, al desorden de libros y cuadernos cubiertos de polvo. A todo lo que soy ahora y lo poco que tiene que ver mi vida de ahora con la de aquel momento. Y ya, para terminar de disparar hacia dentro, miré a mi perra, tumbada al lado de la cama, roncando, y me di cuenta de que ella, ya una señora abuela, pronto se convertirá en otra parte importante de mi vida que va a desaparecer para no volver jamás. Y seguí llorando, con la sensación de que esto en lo que estoy ahora no es mi vida. Que mi vida era aquello. Que ahora no soy más que una invitada en la vida de alguien que o no conozco o no me importa nada. Que no he hecho nada más que perder el tiempo cobardemente en lugar de construirme mi propia vida.

Y aquí sigo. Horas después. Llorando desconsoladamente, aún sabiendo que estoy siendo terriblemente injusta conmigo misma.

1.8.18

Niños pidiendo deseos

Hace un par de años hice un programa para TVE en el que niños de distintos coles pedían un deseo para una 3ª persona. Cada semana se hacía en un colegio distinto. En uno de ellos, todos pidieron lo mismo. Todos. Una mano robótica para una niña a la que le faltaban todos los dedos.

Después, había dos deseos que se repetían en todos los colegios: "Pelo para mi padre" y "Ayuda para mi madre, que trabaja demasiado".

20.7.18

Mi perra

Esta mañana, jugando a la pelota en el parque con mi perra, al verla tropezarse con un seto que, sorprendentemente, no ha llegado a ver, he pensado: "pobrecita, qué mayor está", y me he quedado tan triste, que casi me echo a llorar.

Por la tarde, ya en casa, me ha lanzado la pelota para que jugase con ella, ésta se ha metido entre las patas de mi silla, al agacharme se me han caído las gafas, y me ha dado tal tirón en la espalda, que me he tenido que tumbar. Y claro, me ha entrado un ataque de risa, porque ahora mi perra me está mirando a mí.

9.7.18

Texto recuperado: Hombres en ruinas por todas partes

Buscando una reseña concreta dentro de mi blog, me acabo de topar con este texto que ni recordaba haber escrito, pero que podría haberlo hecho esta misma mañana. 

2.7.18

El jardín inglés


Como vivo en un apartamento pequeño y en casa no hay espacio suficiente para todas las plantas que me gustaría tener, anoche decidí tatuarme un jardín inglés, con su estanque y su pabellón chino, que me cubriera toda la espalda. Siempre he sentido un enorme rechazo hacia esas formas geométricas tan encorsetadas que dibujan las flores y plantas de los jardines afrancesados. Prefiero que todo parezca que fue colocado ahí al azar por la naturaleza, aunque detrás haya un sofisticado trabajo de paisajismo muy bien disimulado.

Y aquí estoy ahora, paseando rodeada de golondrinas que revolotean a mi alrededor esperando a que me siente, para posarse y beber el agua fresca del riachuelo que me cae del omóplato izquierdo.

22.5.18

Un regalazo que me han hecho hoy...

27.1.18

Diario


Últimamente el cuerpo me está pasando facturas por cosas que no recuerdo haber hecho.

8.11.17

La jornada laboral o la vida


Tengo la sana costumbre de asfixiarme al menos una vez por semana. No es algo voluntario, es una sorpresa que me da la cabeza. Me despierto y me angustio en seguida al pensar en el día tedioso que me espera, repleto de rutinas impuestas y carentes de sentido. Nada es interesante, no me cruzo con nadie que me alimente lo más mínimo. Así que trato de pasar por encima de mi jornada laboral flotando, haciéndome la muerta sobre un agua estancada, hasta que la corriente me empuja hacia la orilla. Entonces me seco, regreso a casa y empieza mi vida.

1.11.17

La inventora de conflictos que no existen



Llevo meses incómoda pensando en que a mi vecino de enfrente le molesta que yo no tenga cortinas. A mí no me apetecía nada ponerlas porque la vista es preciosa y no quiero perderme nada. La casa anterior en la que vivía era muy oscura, además coincidió con una época triste de mi vida, y yo ahora lo que necesito es mucha luz. Así que he desarrollado una adicción por ella y por las vistas que tienen mis ventanas. Que son preciosas. Casi impensables en una ciudad como ésta, en la que casi no hay horizonte.

El caso es que desde su ventana, mi vecino debe de ser capaz de ver el interior de la mitad de mi casa. Con lo que he terminado poniendo las malditas cortinas. Bueno, pues él sigue viviendo con la persiana bajada.

25.9.17

Cuando llega la hora de cenar en mi edificio

Llevo unos tres años viviendo en esta casa, y es acojonante cómo han cambiado las conversaciones de una familia que vive en el piso de abajo. Me llegan a través del patio.

A ese patio da la ventana de mi cocina, desde la que tengo una vista muy alucinante, y es el origen de muchas cosas que ahora no vienen a cuento. El caso es que es un sitio especial para mí, en el que paso tiempo, y casi todas las noches me siento un rato delante de esa ventana. Y como el resto de los vecinos hablan en idiomas que desconozco, solo me llega la conversación de esta familia cada noche. Cuando se sientan todos juntos.

Todo siempre comienza con el "¡A cenar!", que suele gritar el padre, y a partir de ahí, se van sentado todos juntos alrededor de una mesa, que yo imagino, y en seguida la cosa se pone intensa.

Por lo que escucho, es un matrimonio con un hijo que hace tres años estaba en plena adolescencia tardía, o sea, pesadísimo, y una hija que debe andar por ahí, pero suena bastante más madura. Así que no sé si tiene dos años más que él, o son gemelos y es que sencillamente ella es tía.

La cosa es que hace tres años, discutían padres e hijos durante horas, sobre el uso de las drogas, de los condones, y de los teléfonos móviles.

Ahora están todo el puto día hablando de política. Los problemas de sus hijos han cambiado. Y padre e hija se han afiliado a distintos sindicatos.

13.6.17

Triunfando en la soledad de mi cuarto

Cuando era pequeña escribí un relato sobre un hombre que despierta una mañana y descubre que la ciudad ha sido misteriosamente abandonada. En ella no queda un alma. La única vida que la habita es la de las aves que siempre la han poblado. Al terminar de escribirlo, se lo enseñé a uno de mis hermanos, que me dijo: "pero esto ya existe, es La ciudad de las palomas de Javier Tomeo." Qué alegría me entró. Descubrir que uno de tus textos ha sido publicado por una editorial como Anagrama es todo un orgullo. Así que decidí continuar con mi carrera literaria. Desde entonces he escrito los cuentos completos de Grace Paley, el primer capítulo de Los ejércitos de la noche de Norman Mailer, Orlando y Las olas de Virginia Woolf, y alguna que otra cosita de Chekov. Cuando termino, hago lecturas en voz alta en la soledad de mi cuarto ante un público exigente procedente de distintas partes del mundo. Después agradezco los aplausos. A veces recibo críticas despiadadas, y otras me premian con galardones tan sonados, que el pudor y mi extrema timidez me impiden recoger en la ceremonia de entrega, pero que agradezco enormemente desde el anonimato.

12.6.17

Competición

Me paso la vida midiéndome. Con la sensación constante de que podría estar en un lugar más agradable. Leyendo un libro aún mejor. Escuchando el disco perfecto. Escribiendo como nadie lo hace. Riéndome a carcajada limpia. Con la compañía que más me llena y mejor consigue alimentarme la cabeza. Siempre todo puede ser mejor. Pero yo no me doy cuenta de lo bien que estoy hasta que no dejo de competir en cada momento con mi propia cabeza.