El Ciervo



Todas las ventanas de mi casa dan a la misma calle. En la acera de enfrente hay una peletería y, desde hace varios días han colocado en el escaparate la cabeza de un ciervo con una cornamenta enorme. El caso es que el animal está colocado sobre el suelo, y sus ojos miran hacia arriba, hacia mi casa. Su mirada es amenazante. Normal, alguien le ha matado para convertirlo en un inútil y desagradable objeto decorativo. El caso es que desde que lo descubrí observándome constantemente, tengo pesadillas por las noches. Monstruosos bichos que nunca llego a ver bien del todo, vienen a mi casa a atarcarme, a vengar al ciervo, y me propinan palizas, me muerden, me arañan, me arrancan el pelo y la piel y me abandonan en un descampado semi-inconsciente.
Así que hoy he decidido bajar a hablar con el dueño de la peletería y contarle lo que me ocurre. Pedirle que quite el ciervo, o que por lo menos lo cambie de sitio. Que no me cruce con su aterradora mirada cada vez que me asomo a una ventana, y a lo mejor así se terminan mis pesadillas.
Es la primera vez en mi vida que entro en esta tienda, ya que no soporto la idea de llevar encima la piel de un animal muerto, pero al dueño sí le conozco porque suele estar fumando en la puerta del local, y nos saludamos. Al entrar descubro que no es una peletería sino una tienda de curtidos. Pieles de todo tipo cubren las paredes, los suelos, y las estanterías que cubren casi todas las paredes. Las que quedan libres tienen cabezas de animales colgando, o colas, o cuernos. El olor a cuero es sofocante, y hace muchísimo calor dentro. En el suelo, a modo de alfombra, hay pieles de vaca, de cebra, y trozos sueltos pequeños de lo que antes debió ser un conejo.
El dueño de la tienda tiene un bigote muy poblado, tan denso que también parece un trozo de piel de algún animal muerto. Me saluda cortesmente y le expongo mi problema.
De cerca, observo que el animal tiene un cuello larguísimo y delgado, que le da un aspecto mucho más inofesivo, y lo que desde mi casa parece una mirada amenazante, aquí, en la cercanía, es más bien un aullido de dolor, de incomprensión, de enorme tristeza.
El hombre me promete que en cuanto pueda quitará al ciervo, que lo moverá de sitio, y me despido dándole las gracias.
Esa noche vuelvo a tener pesadillas, pero mucho peores. Me levanto y al mirar por la ventana descubro que el ciervo está ahora clavado en la pared de un lado del escaparate y lo veo de perfil. Ya no me mira, ya no se le ven los ojos desde mi casa, así que me vuelvo a dormir. Pero mi sueño esta vez tampoco es tranquilo.
A la mañana siguiente, salgo del portal y lo primero que veo son los ojos del ciervo, que me mira de reojo. Me acerco, su perfil sigue siendo triste, pero no me lo parece tanto ya que ahora no me mira a mí. Entonces descubro que la pared de enfrente es un espejo, y que el ciervo está condenado a mirarse a sí mismo. A mirarse a los ojos. A verse. A verse siempre muerto.

5 Febrero 2008

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