13.3.10

Ricardo Armengol (Segunda entrega)


Ricardo, que sigue recostado sobre la cama en actitud de acabar de haber colgado el teléfono hace sólo unos instantes, observa a la joven que está entrando. Es rubia, delgada, tetona... la típica que uno se espera ver aparecer en pleno sueño húmedo, en una noche de motel de carretera. El caso es que la chica, además de guapa es tímida, y vacila al entrar en la habitación, no sabe muy bien qué hacer con el secador. Así que espera sonriente hasta que Ricardo se harta de mirarla. Y menos mal que se le ha olvidado la mancha, porque ahora mismo su aspecto, ahí recostado, no es muy tentador. Y le suena el móvil. La rubia entra hacia el cuarto de baño, y él, al escuchar la voz de Mariana, sale de su habitación.
La rubia está nerviosa. Cuando se asegura de que Ricardo está enfrascado en su conversación y además se aleja por el pasillo, ella coge el teléfono de la mesilla y marca la tecla de rellamada:
- ¿Digame?
- ¡Sebastián!
- ¿Quién es?
- ¡Sebastián, soy yo... Gladis.
- ¿Perdón? Creo que se confunde.
Entonces Gladis cuelga y el señor Tomeo, que tras comprobar en las llamadas recibidas que esta es la segunda que recibe desde el hotel, se mosquea. Se mosquea de verdad.
Vuelve Ricardo:
- ¿Por qué me mira de esa manera?
- Perdone señor, es que pensé que era usted el hombre que tenía esta habitación antes, y al ver que no era así, me sorprendió
- ¿Y eso?
- Bueno... supongo que porque estuvo aquí mucho tiempo, me acostumbré a en esta habitación siempre estuviera él
- ¿Cómo cuánto tiempo estuvo?
- Unos cuatro meses, señor
Ahora necesita saber más sobre ese hombre. A qué se dedica. Por qué ha estado el señor Tomeo viviendo cuatro meses en esa habitación. Vuelve a coger el cuestionario sobre la calidad del hotel y el servicio de habitaciones, y piensa para sí mismo que nadie mejor que el señor Tomeo para saber calificar al hotel. Y se le acaba de ocurrir la excusa, así que, en cuanto ver cómo Gladis se marcha, vuelve a coger el teléfono:
- ¿Señor Tomeo? Soy el señor Lafuente de nuevo... del Hotel Tívoli... del gabinete directivo.
- Qué quiere.
- Bueno... perdone que le moleste de nuevo por segunda vez...
- ¡Querrá decir por tercera! Además, no sé si se habrá dado cuenta de la hora... ya no son horas de oficina.
- Lo sé, perdone... Con eso de la tercera llamada... ¿quiere decir que le han llamado anteriormente desde el hotel?
- Sí, me llamó antes una señorita, una tal Gladis. Preguntaba por Sebastián. Era desde ese mismo número.
- Vaya... sería un error... usted perdone...
- Bueno, dígame qué quiere.
- Queríamos tener un detalle con usted, por haber sido un cliente tan fiel. Por habernos elegido a nosotros...
- ¿Qué tipo de detalle?
- Nos gustaría invitarle a una cena para dos en el restaurante del hotel, vino y postre incluídos. Cualquier día, usted elige.
- Pues... emmm... ¿qué le parece a usted mañana?
- Mañana sería fantástico. ¿A qué hora hago la reserva?
- A las nueve y media. Muchas gracias.
Ricardo sale de la habitación para inspeccionar la zona, y se dirige al restaurante. Todas las mesas están vacías, con los platos y tazas del desayuno de mañana ya dispuestos. Es normal, deben ser más de las doce. Se pregunta cómo será el buffete, ya que ha quedado aquí mañana temprano con Mariana, y empieza a darle vueltas a la conversación que han tenido hace rato, y de la que se había olvidado por completo. Todo parecía estar en calma. Su acompañante aún no había llegado, y tenían planeado salir fuera en cuanto llegase. “Mejor”, pensó, “Cuanto menos tiempo pasen en mi casa, mucho mejor”. Pasea entre las columnas hasta que camina hacia el hall, comprobando que el señor Tomeo tenía razón en sus comentarios sobre la decoración. De pronto le invade una sensación de familiaridad, cuando piensa en él lo hace de un modo extrañamente cordial, como si estuviera convencido de que ese desconocido y él podrían perfectamente ser buenos amigos. Al fondo hay una chica pasando un aparato enorme para encerar el suelo. Es Gladis, muy concentrada en su trabajo.
- Hola... perdone si antes estuve grosero...
- No se preocupe, señor. No me lo pareció.
- Es que... es raro... pero ha sido llegar a este hotel, y no han parado de sucederme cosas.
- ¿Quiere que llame al conserje, señor?
- No, no, no se preocupe. Casi todas han sido culpa mía.
La chica no le sigue y él empieza a cansarse. Así que se da la vuelta y se larga. Se va a su habitación a tumbarse.
Descubre un canal en el que sólo ponen fuego. Quiero decir que es un primer plano eterno de una chimenea, y se queda mirando fijamente la pantalla esperando para pillar el truco, para ver en qué momento la cinta está cortada y cerciorarse de que es un bucle. Porque no hay cinta en el mundo que dure tanto tiempo. Y se queda dormido hasta la mañana siguiente.

25 Enero 2006

No hay comentarios:

Entrada destacada

Las plantas de mi tía Carmen