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Ricardo Armengol


Ricardo Armengol sale cierto día de su casa para reencontrarse con una mujer después de 16 años. No discutieron, simplemente, un día se dejaron de llamar. Y ahora que se encuentra de camino, Ricardo trata de recordar alguna pista de lo que entonces sucedió, si se le cruzó alguien en el camino, por ejemplo. Pero no, desde luego a él no. A lo mejor fue a ella, y por eso se esfumó. El caso es que tampoco recuerda que aquella ruptura inexistente le llegara a afectar. Sin embargo aquí está, caminando incómodo bajo un paraguas que le protege poco de la lluvia, para evitar lo que siempre le ocurre: llegar demasiado pronto. A veces, hasta con media hora de antelación. Ahora intenta desde el principio hacer las cosas bien, aunque no sabe por qué.
Y Ricardo llega tarde. Y cuando la ve desde fuera, ella está sentada en la barra y mira el reloj impaciente. A continuación pone una mueca de asco seguida por otra de mal humor. Por un segundo Ricardo se plantea si darse la vuelta y seguir, hasta llegar a casa y sentarse frente al televisor para así creerse que todo ha sido una breve ilusión, y descalzarse aliviado, pero no. La inercia de su cuerpo se le ha adelantado y ya está empujando la puerta. Vamos, que ya ha pasado el umbral, y en un abrir y cerrar de ojos le tenemos besándola... Ahí está.
No es un beso en la boca, pero los hombros de los dos giran lentamente, con parsimonia, como si cada uno se estuviera observando en su propio espejo, con mucho cuento. Y cuando parece que están haciendo tiempo porque nadie sabe por dónde empezar, ella le dice:
- Ricardo, me tienes que ayudar.
Y entonces él la mira de verdad. En seguida le ve las arrugas. Y su mirada, que brilla pero ya sabe que no va a ser por amor, sino más bien por interés. Ay, qué palabra más fea. Pero ella no lo es. Mira ese traje, que le queda tan bien... Así que Ricardo decide escuchar su propuesta. Ese lío en el que le van a meter:
- Préstame tu casa por esta noche. Te prometo que te la cuidaré bien, ni siquiera notarás que alguien ha dormido allí. Te lo digo en serio. He oído que las cosas te van bien y que vives en un apartamento enorme en el centro. Y necesito convencer a alguien de que estoy bien, mucho mejor de lo que jamás se hubiera imaginado. Quiero que sepa que no le necesito para nada, es más, que me va mejor sin él.
- Pero Mariana, y yo dónde me voy...
- A casa de algún amigo, Ricardo, no lo sé. Pero tienes que ayudarme
- Sí, y después de esta noche vendrán otras, siempre habrá una noche más...
- Te juro que sólo será por esta vez
En cuestión de minutos Ricardo está de camino hacia el hotel Tívoli tras haber pasado por su casa para recoger algunas cosas. Al principio pensó en llamar a algún amigo, pero le dio mucha pereza enfrentarse a una serie de explicaciones que no comprendía ni él. Y que siempre le han gustado las habitaciones de hotel, sentirse extranjero. Esa noche le apetece la idea de acostarse con la sensación de que está de paso, de que la vida funciona sin él.
Nada más llegar al hotel, el olor a humedad de la habitación le excita, siente como si estuviera haciendo algo prohibido. Incluso se da cuenta de que se le está poniendo dura. Se quita la chaqueta, se tumba boca arriba, y se la menea hasta que, accidentalmente, se le manchan los pantalones. Nota la humedad, pero no es capaz de moverse, así que espera un rato, hasta que recupera el ritmo de su respiración. Entonces se levanta y va a cotillear el cuarto de baño. Es muy, muy cutre. Saca su neceser y ordena sus cosas sobre una estrecha repisa que cuelga del espejo, hasta que se ve en él. Y se ve bien, se ve guapo. Así que decide salir esta noche a darse una vuelta. A conocer esta ciudad.
Pero en seguida se da cuenta de que no tiene más traje que el que lleva puesto, incluyendo la enorme mancha en la entrepierna. Su primer impulso es empaparlo de agua antes de que se siga endureciendo, y cuando se da cuenta, el resultado es peor, parece que se ha meado encima. Llama al servicio de habitaciones y pide un secador de mano. Mientras espera, aparta la colcha y se tumba en la cama a ver la tele. Cambia de canal una y otra vez, hasta que descubre un canal local, con una emisión llena de ruido, pero donde aparece una mujer que se parece exageradamente a Mariana. Y como un acto reflejo, se pregunta qué estará haciendo en ese momento, si estará sentada en el sofá del salón, o si ya se habrá metido con alguien en su cama, entre sus sábanas. Un escalofrío le recorre el cuerpo. Se está acostando en su cama con un desconocido. Entonces gira la cabeza hacia la mesita de noche y se encuentra con uno de esos cuestionarios sobre la calidad del hotel y el servicio de habitaciones. Siempre le ha gustado rellenar esas cosas. Contestar a muchas preguntas sin necesidad de pensar. Es como jugar a ser más listo, o como cuando los niños juegan a que son cajeras de supermercado. Pero cuando lo abre descubre, al principio con rabia, que ya lo han rellenado. Entonces se da cuenta: Se le acaba de abrir en forma de tríptico de papel malo, todo un mundo lleno de posiblidades. ¿Y si conoce a ese hombre? Porque con esa letra tan descuidada no puede ser más que un hombre. Dobla una de las tres partes del papel y se encuentra cara a cara con todos sus datos personales. Dios mío, pero si tiene hasta su móvil.
Lo primero que se le ocurre es cometer un acto delictivo, uno cualquiera, porque tiene la sartén por el mango, es más, tiene poder, porque tiene datos. Se le pone dura otra vez. Pero el susto de reconocer esos dos apellidos gana esta vez y comienza a sudar y a tener taquicardia. Es el gilipoyas que le vendió el coche... Ah, no. Sabía que esto no podía ser, aquí pone Sevilla, así que nada, no tiene nada que ver. Pero... ¿Y si le llama? En dos segundos le tenemos recostado sobre la cama y marcando a ese número de móvil desde el teléfono del hotel.
- Por favor, ¿el señor Tomeo?
- Sí, soy yo
- Le llamo del gabinete directivo del hotel Tívoli. Es en relación al cuestionario que nos ha dejado rellenado. Quería saber si podía hacerle unas preguntas.
- Bueno... emmm... no me pilla usted en muy buen momento...
- Ya, pero mire, no le entretendré demasiado tiempo, sólo quería saber si estaba usted realmente seguro de su puntuación sobre la decoración de nuestras zonas comunes, y, en ese caso, me gustaría saber la razón
- ¿Eh? Emm... Bueno, la verdad es que están decoradas con pésimo gusto, y además son incómodas. Me refiero a que me intenté sentar en una de esas mesas a tomar un café y leer el periódico, y la luz era insuficiente...
- Tomo nota. Y, bueno, no le entretengo más, muchas gracias por atenderme.
- Las que usted tiene
Ahora Ricardo se pregunta por qué ha colgado tan pronto, cuando podía perfectamente haber extendido la conversación un poco. Por qué le había entrado la prisa, si no tenía otra cosa mejor con la que entretenerse. Y en ese momento llaman a la puerta.
- Le traigo el secador, señor
- Ah sí, pase, pase

21 Enero 2006

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