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Mi vecino Andrés

Fotografía de Gari Garaialde


Mi vecino Andrés es un hombre de 83 años. Vive en el último piso del edificio, en una casa estudiadamente destartalada. Tiene un dormitorio pequeño en el que apenas cabe su cama, cubierta con varias mantas. Después un cuarto de estar muy amplio que él ha dividido en dos estancias a través de una estantería repleta de libros, algunos abiertos, todos muy usados, y con tanto movimiento que parece que estuviera viva. En un lado tiene un viejo televisor con la pantalla cubierta por una gruesa capa de polvo, y frente a ella, un sofá desvencijado. Al otro lado hay una mesa enorme con botes de cristal llenos de líquidos de colores, latas de pintura y enormes cuchillos de carnicero. 
Andrés trabaja recreando las vísceras y los órganos internos de los pacientes que aparecen en una serie de televisión sobre médicos cirujanos. Antes era maestro. 
Cada mañana se levanta temprano para ir al mercado, y solemos coincidir en la escalera, ya que el ascensor del edificio lleva años estropeado. 
- Buenos días, Andrés. ¿Al mercado?
- Sí, hoy tengo que encontrar una pieza para terminar un riñón, ayer la estuve buscando  en el mercado de San Antonio, pero no encontré nada que me sirva, así que tengo que seguir buscando. 
- Han abierto un nuevo bar de tapas y embutidos en el barrio, a lo mejor allí encuentras algo.
- Iré a mirar. ¿Mucho trabajo? Anoche vi que tenías la luz encendida a las 4 de la mañana.
- Que va, demasiado poco. Estuve leyendo hasta tarde y dándole vueltas a la cabeza. 
- Eso no es bueno. Pásate luego a comer a casa y me cuentas. 
También me lo suelo encontrar por el vecindario, siempre rastreando en ferreterías, talleres y contenedores con restos de obras. Mantiene un horario estricto y un recorrido fijo, que termina con un carajillo en el bar de abajo, antes de subirse a trabajar a casa, a las 2 de la tarde. Siempre mantiene la misma conversación anodina con el resto del barrio. Porque Andrés no se mete jamás en la vida de nadie. Pero si alguien le comenta que ha estado en un bar con unos amigos, sea lo que sea lo que le estén contando, él siempre interrumpe la narración para preguntar: ¿Y qué te pusieron de tapa?

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