El cuello


A partir de ahora he decidido no utilizar el cuello. Prescindo de él, ya no lo quiero. He decidido no girar, ni mover, ni torcer la cabeza. No mirar a nadie por encima del hombro, ni afirmar ni negar con gestos. A partir de ahora las bufandas se caerán por su propio peso, las orejas me rozarán los hombros y mi cuerpo estará pegado a mi cabeza sin necesidad de esa especie de pasillo torpe. Ya no habrá besos por el cuello, ni collares. Ya no habrá cuello. Si quiero mirar a la derecha tendrá que ser con el cuerpo entero. Y luego me pienso si necesito para algo los dedos del pie izquierdo.



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