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el televisor


Salgo del portal a callejear por el barrio con el perro. Al comenzar a subir por la siguiente calle que me encuentro a la derecha, me cruzo con una anciana sentada sobre un gigantesco televisor antiguo, mucho más grande que ella. Tiene el pelo de color violeta, un abrigo verde y un collar de bolas naranjas a juego con el pintalabios, que se le ha corrido, con lo que parece que sonríe permanentemente aunque los ojos no le acompañen. Le cuelgan las piernas sobre el aparato, que está boca abajo, con lo que el cristal de la pantalla da directamente contra el suelo. Me pregunto cómo habrá llegado hasta ahí semejante trasto. Avanzo muy despacio porque el perro hoy todo lo encuentra interesante. Al llegar a su altura:

- Buenos días. ¿Le importaría decirle a mi marido, que está al principio de la cuesta, que baje? Es que yo sola no puedo subir con la tele.
- Por supuesto, ahora mismo se lo digo.

Miro hacia arriba, aunque no veo a nadie. Sigo avanzando. Cruzo un parque infantil construido a base de bloques de granito y columpios metálicos que parecen los restos de una catástrofe nuclear, o como si un inmenso juego de mecano hubiera estallado en mil pedazos y los trozos hubieran quedado esparcidos por el suelo. En él juegan varios niños vigilados por un grupo de mujeres sentadas en un banco de piedra con las cabezas cubiertas con pañuelos de colores. Por fin veo al hombre. Flaco, arrugado, encogido, y agarrado a un bastón con las dos manos. Aún está lejos, pero sigo caminando. Hasta que me acerco.

- Perdone, pero me ha dicho su mujer que le pida que baje.
- ¿Para qué?
- Supongo que para ayudarla con el televisor.
- ¿Qué televisor?
- Uno sobre el que está sentada.
- ¿Me está usted tomando el pelo?
- No, no. Yo me limito a trasladarle lo que me ha pedido ella.
- En ese caso...

Y el hombre comienza a bajar la cuesta con enorme dificultad. Yo continúo mi paseo, y al volver, me encuentro a los dos ancianos discutiendo a grito pelado.

- El televisor es mío. Lo he visto yo primero - grita la mujer sonriendo -
- Señora, si usted no puede con él.
- Y usted tampoco, a ver qué se ha creído, si casi no puede ni andar. Además, mi marido está al llegar, le ha llamado aquella chica para que venga a ayudarme.

El hombre me mira, sonríe, empuja a la mujer, se agacha para agarrar el aparato, pero no tiene fuerza y se cae al suelo. La mujer suelta una carcajada.


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