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Vomitar


Mi cabeza, nublada por el humo del tabaco, las drogas y los efectos del alcohol, suele creerse sabia, mostrarse displicente, tensa mi cara y exagera mis gestos. Mi hablar es más simpático que nunca, a veces sacando lo peor de un payaso y lo más extremo de una mujer. Pero la experiencia me ha ido enseñando a matizar estos efectos, tanto que parezco hasta mucho mejor. Entonces surgen falsas amistades, gente que me quiere rodear porque me cree simpática, divertida, abierta, y siempre de buen humor. Y me engaño, me gusta sentirme admirada y por tanto vuelvo a rodearme de ellos, pero, no queriendo defraudarles vuelvo a beber. Encima vienen los años, que tampoco quiero aceptar, deseo seguir siendo esa niña tarada, divertida, libre, con capacidad de asombrar. Hasta que me llega la vejez prematura, las ganas de abandonarme, la madurez atropellada, con una resaca de años, y demasiadas cosas en qué pensar. Y el alcohol, que antes tapaba carencias, ahora tapa media vida, y es incapaz de mostrarme entre otros, como verdaderamente soy. Ahora busco en la vida una permanente diversión irreal, exigiendo que esto sea mejor, más divertido, que los días pasen como una verdadera juerga nocturna, pero sin contar con ese fácil apoyo que ya ni siquiera me causa esa primera excitación. Entonces me enfrento a un acantilado de decepción, de no saber lo que quiero, que me atrapa a una falsa tristeza y decepción, pero con fuerza consigo mantenerme en ella, hasta que las cosas, con el tiempo, vuelven a cambiar. Ya no pido esa fiesta constante y envenenada a mi vida, pido paz. Y como eso es muy difícil, me cuesta años y paciencia, pero al final, termina por llegar. Acabo siendo vieja de verdad, curtida, más sabia a lo mejor, pero aunque la paz del todo nunca llega, hay nuevas cosas que me vuelven loca sin necesidad de luego vomitar.

12 Febrero 2003

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